Jorge Giraldo Ramírez | Medellín | Publicado el 15 de noviembre de 2010. Periódico El Colombiano

Siempre me ha incomodado la palabra cliente. De todas las palabras de un ficticio diccionario del gregarismo es de las más feas. Nada que ver con feligrés, soldado, compañero, partidario, aficionado, colega, manifestante, socio y muchas otras relacionadas con las sociedades de masas, asociaciones o corporaciones, que están impregnadas de identidad o solidaridad.

El cliente es otro muy distinto. En Roma, el cliens, clientis , era aquel que por no tener personalidad propia ante la sociedad y el Estado, dependía de un señor que lo protegiera y lo representara, y que también lo mandaba. Mi diccionario de latín lo define como "protegido del patrono" o "especie de vasallo".

En contra de lo que el inmediatismo indica, el concepto de cliente fue originalmente político. Cuando hablamos de clientelismo político no estamos traduciendo una palabra del lenguaje del mercado al lenguaje político, sino manteniendo el sentido original del término. El cliente no era ciudadano en Roma y no es ciudadano en Colombia, por tanto no es soberano sino dependiente y como dependiente no tiene derechos sino que recibe favores, y no ejerce responsabilidades sino que recibe órdenes.

La palabra cliente entró después -no sé cuando- a las relaciones comerciales. La verdad, su sentido no cambia mucho. El cliente es un sujeto con necesidades satisfechas por los comerciantes, en las condiciones de modo, lugar y precio que ellos determinen. Así ha sido, por lo menos, en las sociedades proteccionistas o en condiciones económicas de dominio de los monopolios o de algunos oligopolios.

Cuando surgieron las ilusiones con el libre mercado, empezó a decirse que el cliente era el rey, que el cliente tenía siempre la razón y se establecieron nuevas oficinas llamadas de servicio al cliente. Esa primavera duró poco. La mayor parte de los países del mundo no conoce el libre mercado sino en casos muy marginales. Casi todos los productos y servicios de que disponemos están muy regulados en condiciones nada favorables a los clientes. Basta mirar las diferencias entre los derechos del consumidor en los Estados Unidos y los que tenemos en Colombia.

Ahora, en las relaciones privadas entre personas naturales, ha surgido una nueva versión de la relación clientelista que proviene del poder desnudo del dinero y que, en nuestro medio, lo expresan mejor las mafias de todo tipo. El lema de esta relación es "el que paga, pone las condiciones" y casi siempre se torna en "yo que puedo hacer, todo lo que pueda pagar". Pagar las multas, las fianzas, los seguros, las indemnizaciones. No importan la persona lastimada, la regla trasgredida, la sociedad afectada, el ambiente dañado, siempre que se pueda pagar. Este personaje particular ha hecho realidad -como dijo Octavio Paz- la profecía de Marx que las relaciones sociales serían como el "frío pago al contado".

A veces, de bocas inocentes, uno escucha como primer argumento un "es que yo estoy pagando". Se antepone la condición de cliente. No se dice, soy una persona y merezco respeto y buen trato.

Tampoco se dice, soy un ciudadano, la ley me protege y tengo derechos. El triste primer expediente de muchos es rebajarse a la condición de cliente.